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Hay dĂ­as en los que tengo bastante claro lo que hago. Y otros en los que no.

No hablo de dudas técnicas concretas, esas suelen resolverse con tiempo, documentación o ayuda, sino de algo más difuso: la sensación de no saber del todo si estoy tomando las decisiones correctas en mi camino profesional.

Soy desarrolladora mobile y, desde fuera, podría parecer que eso ya es suficiente claridad. Tengo un rol definido, un stack, una trayectoria que se puede explicar más o menos bien. Pero por dentro, la experiencia es distinta. Mucho menos lineal. Mucho más llena de preguntas.

Durante mucho tiempo pensé que la duda era una señal de que algo iba mal. Que si dudaba tanto era porque no tenía un plan claro, porque no había elegido bien o porque me faltaba confianza. Miraba a otros perfiles que parecían tenerlo todo decidido, qué aprender, hacia dónde ir, qué proyectos hacer, y sentía que yo iba siempre un paso por detrás, cuestionándolo todo. ¡Qué malo es compararse, amigues!

La expectativa externa tampoco ayuda. En tecnología parece que siempre deberíamos saber cuál es el siguiente movimiento: qué framework aprender, qué tendencia seguir, qué proyecto construir para “posicionarnos mejor”. Tener un relato claro y coherente, casi cerrado. Como si el camino profesional fuese algo que se define una vez y luego solo se ejecuta.

Pero mi realidad ha sido otra.

He empezado proyectos con mucha ilusión que, semanas después, me generaban más dudas que entusiasmo. He tenido ideas que un día me parecían acertadas y al siguiente me hacían preguntarme si estaba perdiendo el tiempo. He tomado decisiones sin estar convencida del todo, simplemente porque quedarme paralizada me pesaba más que avanzar con incertidumbre.

Durante mucho tiempo viví esa duda como un problema que había que eliminar. Como algo que debía resolverse antes de seguir. Y eso, paradójicamente, me frenaba más que la duda en sí. Me exigía claridad antes de tiempo, como si no avanzar con seguridad fuese avanzar mal.

Con el tiempo, y no de forma especialmente elegante, he empezado a entender otra cosa: la duda no se va. Al menos no en una carrera como esta, donde el contexto cambia, las opciones se multiplican y casi nunca hay respuestas definitivas. Lo que sĂ­ cambia es la relaciĂłn que tienes con ella.

La duda me ha obligado a hacerme preguntas incómodas. A justificar por qué sigo con un proyecto o por qué lo dejo. A pensar si algo lo hago por inercia, por presión externa o porque de verdad tiene sentido para mí en ese momento. No siempre llego a conclusiones claras, pero el simple hecho de detenerme a pensar ya marca una diferencia.

También me ha ayudado a no ir en piloto automático. Muchas veces es fácil encadenar decisiones “lógicas” sin pararte a pensar si encajan contigo. La duda rompe esa inercia. Te frena lo justo para preguntarte qué estás construyendo y por qué.

No quiero idealizarla. Dudar cansa. Genera ruido mental. A veces desearĂ­a tener esa seguridad firme que parece que otros tienen. Pero ya no interpreto la duda como un fallo del sistema, sino como parte del sistema.

He seguido avanzando sin tenerlo todo claro. He aprendido cosas mientras dudaba. He construido proyectos que no eran estratégicos, pero sí honestos. Y he tomado decisiones que no podía justificar del todo en ese momento, pero que tenían sentido desde un lugar más intuitivo.

Hoy sigo dudando. Probablemente lo haré siempre. La diferencia es que ya no espero a que la duda desaparezca para moverme. He aprendido a caminar con ella, a escucharla sin dejar que me paralice.

Tal vez la claridad total nunca llegue. Y quizá no haga falta.